lunes 22 de septiembre de 2008

Ejercicios de idea central e idea secundaria
Distintos tipos de párrafos

La idea central. Responde a las preguntas: ¿De qué trata el párrafo?, ¿Cuál es el sentido general del texto? ¿Qué quiere comunicar el autor?
La idea central sintetiza la intención del autor, por tanto, responde a los conceptos generales del texto. Una idea central ha de enunciarse siempre en forma de oración.
También responde a la pregunta: ¿De qué trata este pasaje? En lecturas de varios párrafos la idea central sigue siendo el aspecto general del pasaje, es decir, el tema dominante. La idea central debe ser expuesta en forma sintética y concreta, y en ejercicios escritos debe ser subrayada.
Lea atentamente el siguiente fragmento:
La patata es oriunda del Nuevo Mundo. Era un alimento básico de las culturas andinas, pues el maíz se cultivaba en las regiones bajas, mientras que el cultivo de la patata podía efectuarse a altitudes de hasta 3,000 metros.
A finales del siglo XVI fue llevada a Europa, donde actualmente se producen en grandes cantidades. Alemania y Polonia vienen en segundo y tercer lugar respectivamente, después de la Unión Soviética, como países productores de patatas.
Este tubérculo tiene el mérito de haber abierto a la penetración humana las grandes llanuras del norte de Europa.
Entre las siguientes alternativas seleccione la idea central,
1. La patata es un alimento rico en hidrato de carbono.
2. En las dietas de los europeos el elemento más importante es la patata.
3. El cultivo de la patata pertenecía a la cultura indígena.
4. La patata tuvo su origen en América y ejerció gran influencia en la historia europea.
5. La URSS, Alemania y Polonia son los mayores productores de patatas en Europa.
Lea cuidadosamente el siguiente pasaje:
Todo gobierno inteligente debe cuidar con especial esmero la educación que da a su pueblo. Proporcionar una buena gama de posibilidades resulta de suma importancia, pues no hay por qué pensar que la única educación posible es la universitaria, con sus carreras tradicionales. Los países suelen necesitar ingenieros, economistas, médicos, abogados, etc., y también profesionales expertos en mecánica industrial, refrigeración, laboratorios médicos, etc. Pero es que, además de tales profesiones, hay un número elevado de oficios que, por modestos que parezcan carpinteros, albañiles, basureros , son de más urgente necesidad para la buena marcha del país. De todos necesita la sociedad moderna. Todos son importantes e igualmente dignos.

Seleccione entre las siguientes posibilidades la idea central del párrafo leído:
1. Los gobiernos no deben darle importancia a las universidades.
2. La sociedad moderna sólo necesita de profesionales expertos.
3. El modesto oficio de carpintero no es importante.
4. Los gobiernos deben ofrecer diferentes posibilidades de educación.

Un dicho popular afirma que el amor es ciego. La realidad, aseguran científicos alemanes, es que el amor idiotiza.
Niels Birbaume, profesor de sicología en la Universidad de Tuebingen, en Alemania, cuando investigaba las ondas cerebrales, después de la aplicación de su teoría del caos, llegó a la conclusión de que los amantes "no están completamente bien de la cabeza".
Birbaumer y su equipo usando un electroencefalograma para medir la actividad eléctrica del cerebro concluyeron que cuando alguien da rienda suelta a sus pensamientos, el cerebro provoca "un patrón salvaje e impenetrable de impulsos nerviosos" que ellos llaman "canción de las neuronas".
Cuando mandaban a los sujetos de este experimento que pensaran en conceptos abstractos, las ondas cerebrales de éstos se hacían más caóticas cuando imaginaban que estaban enamorados; paradójicamente, algunos de los que se sometieron a la prueba con un alto IQ mostraban en sus ondas cerebrales " una complejidad muy reducida" comparable a aquellos con un bajo IQ.
A las preguntas de los científicos, todos declararon que estaban genuina y apasionadamente enamorados; el investigador no sabe el por qué, pero el resultado de esta prueba confirma su teoría de que el amor " te convierte en un estúpido".
( Recopilado por William Santiago,. traducción libre de Gloria Doblado. San Juan Start, September 26, 1993, p. 15.)

Escriba una oración en la que resuma la idea central del párrafo leído, de tal forma que pudiera funcionar como oración temática.

Ideas secundarias. Son oraciones que ayudan a complementar la idea central. Ilustran con un ejemplo o explicación esa idea. Amplían la comunicación. Comparan con otras ideas, etc. Si se suprimen no cambiará el contenido de la idea principal del párrafo o de la composición como un todo. Pero si eliminamos la idea central, las secundarias se nos presentarían sin sentido.

Ejemplo:
El magazine “Time” está publicando una serie de ensayos sobre aquellas corrientes de ideas que someten a prueba los actuales conocimientos del hombre sobre sí mismo y el mundo que lo rodea. Denuncian la decadencia de una visión del cosmos y presentan nuevas concepciones en cuatro áreas críticas, la conducta, la religión, la educación y la ciencia.
Oración principal: El magazine “Time” está publicando una serie de ensayos.
Oraciones secundarias o complementarias:
a. que someten a prueba los actuales conocimientos del hombre.
b. que denuncian la decadencia...
c. presentan nuevas concepciones...
Si suprimiéramos la oración principal, el resto de las oraciones incluidas en el párrafo, como se encuentran tan íntimamente ligadas a la oración principal, se nos presentarían sin sentido.
Además, podemos observar que todas las oraciones del párrafo están relacionadas con la principal, es decir, ayudan a mantener la unidad del mismo. Este párrafo es ejemplo que satisface la característica de UNIDAD.


En el siguiente cuento puedes subrayar la idea central del párrafo No. 1. Ademas, puedes extraer párrafos de tipo descriptivos.Copialos en tu cuaderno.

Por otra parte, redacta una sinopsis de lo que sucedió en esta historia.

La miel silvestre
[Cuento. Texto completo]

Horacio Quiroga
Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y a consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero, de todos modos, el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha y sus peligros como encanto.

Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores -iniciados también en Julio Verne- sabían andar aún en dos pies y recordaban el habla.

La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a ello arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus stromboot.

Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado por su temperamento, pues antes bien Benincasa era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón de su excelente salud. En consecuencia, lo suficiente cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. Pero así como el soltero que fue siempre juicioso cree de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de orgía en componía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos stromboot.

Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos.

De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que contener el desenfado de su ahijado.

-¿Adónde vas ahora? -le había preguntado sorprendido.

-Al monte; quiero recorrerlo un poco -repuso Benincasa, que acababa de colgarse el winchester al hombro.

-¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres... O mejor deja esa arma y mañana te haré acompañar por un peón.

Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metiose las manos en los bolsillos y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado.

Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco.

Llegaron éstas a la segunda noche -aunque de un carácter un poco singular.

Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino.

-¡Eh, dormilón! Levántate que te van a comer vivo.

Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el piso.

-¿Qué hay, qué hay? -preguntó echándose al suelo.

-Nada... Cuidado con los pies... La corrección.

Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras y a cuanto ser no puede resistirles. No hay animal, por grande y fuerte que sea, que no haya de ellas. Su entrada en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen y es forzoso abandonarles la casa, a trueque de ser roídos en diez horas hasta el esqueleto. Permanecen en un lugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van.

No resisten, sin embargo, a la creolina o droga similar; y como en el obraje abunda aquélla, antes de una hora el chalet quedó libre de la corrección.

Benincasa se observaba muy de cerca, en los pies, la placa lívida de una mordedura.

-¡Pican muy fuerte, realmente! -dijo sorprendido, levantando la cabeza hacia su padrino.

Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, felicitándose, en cambio, de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales.

Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había concluido por comprender que tal utensilio le sería en el monte mucho más útil que el fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso, y su acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse las botas; todo en uno.

El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la impresión -exacta por lo demás- de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical no hay a esa hora más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con cautela y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras, del tamaño de un huevo.

-Esto es miel -se dijo el contador público con íntima gula-. Deben de ser bolsitas de cera, llenas de miel...

Pero entre él -Benincasa- y las bolsitas estaban las abejas. Después de un momento de descanso, pensó en el fuego; levantaría una buena humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una en seguida, y oprimiéndole el abdomen, constató que no tenía aguijón. Su saliva, ya liviana, se clarifico en melífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos animalitos!

En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a resina de frutales o de eucaliptus. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Mas qué perfume, en cambio!

Benincasa, una vez bien seguro de que cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador.

Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.

Entre tanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje.

-Qué curioso mareo... -pensó el contador. Y lo peor es...

Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manos le hormigueaban.

-¡Es muy raro, muy raro, muy raro! -se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar, sin embargo, el motivo de esa rareza. Como si tuviera hormigas... La corrección -concluyó.

Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.

-¡Debe ser la miel!... ¡Es venenosa!... ¡Estoy envenenado!

Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror; no había podido ni aun moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa.

-¡Voy a morir ahora!... ¡De aquí a un rato voy a morir!... ¡No puedo mover la mano!...

En su pánico constató, sin embargo, que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma.

-¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!...

Pero una visible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus facultades, a lo por que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo...

Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un grito, un verdadero alarido, en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió, por bajo del calzoncillo, el río de hormigas carnívoras que subían.

Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente.

No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición; tal el dejo a resina de eucaliptus que creyó sentir Benincasa.